Una vez amé a una chica a la que nunca vi la cara…
Por aquel entonces estaba escribiendo lo que sería mi primer libro, lo que compaginaba trabajando de bibliotecario por las tardes después de clase.
Bajo la biblioteca, desde que recuerdo se han dado clases de solfeo y piano, a las cuales asistí durante tres años, a marcar compases manosear escalas, y buscar homónimas. Cuando acepté el empleo de bibliotecario poco o nada recordaba que la música inundaba siempre la biblioteca. Los primeros días por cualquier razón que nunca conoceré solo había silencio, la melodía de este inundaba las tardes y bajo la misma se fraguaron frases que hoy se exponen encuadernadas en un vástago de mis manos querido por algunos y odiado por muchos que tuvieron que leerlo forzados, lejos de mi voluntad claro.
Una tarde meditaba sobre el mostrador, llevaba cercano a una semana sin escribir una sola letra, miles de tópicos acudían a mí, el autor en crisis, miedo al folio en blanco… cosa que por cierto nunca tuve. Instantes después de que mi mente pensara en abandonar, en que no sacaría más partido de lo que estaba haciendo, como traída del cielo sonaron las primeras notas del impromtu Op 66 de Chopin, mis manos imitaron a las de quien producía esa dulce vibración en el aire y comenzaron a escribir, alguien me había resucitado, había vuelto…
Una tarde tras otra, acudía cada vez con más anhelo para escuchar y escribir, éramos los dos nuestros confidentes, poco a poco tuve a bien decidir que tenía que ser una chica, de rubios cabellos y sonrisa como el sol, con una voz cálida como el sonido de su piano, que poco a poco fue calando en mi corazón, mis presentimientos se confirmaron cuando un día pase hacia la segunda planta y mire hacia el aula, los cristales eran opacos y solo pude distinguir el brillo de su pelo y una camiseta turquesa, y la escuche toser, si voz delicada se quebró por un instante pero tras eso comenzó a tocar y volví a notar esa fragilidad y elegancia, como la de un finísimo cristal.
Ya no solo acudía por las tardes para escucharla, bailaba junto a ella, hablábamos yo con mis historias y ella con su música, nos comunicábamos, sin ser consciente de que solo yo la escuchaba. Bailamos y hablamos a ritmo de Mozart, Bach, Stravinsky, Ravel, Debussy, Liszt, Brahms, Chopin, Bizet. Y en la sonata nº23 en Fa menor de Beethoven, la besé… cuando sonó la última nota el silencio volvió a cantar…
Y yo puse punto y final a mi libro, nunca le dirigí la palabra, nunca volví a escuchar su voz ni sus manos acariciar el piano años después regresé pero ya nadie recordaba que antes, por las tardes la música llenaba la biblioteca y las motas de polvo que brillaban en los rayos del sol bailaban con notros, ahora bailan la incesante e imperturbable canción del silencio.
Cuando alguien me pregunta que autores influenciaron mi libro, y les contesto, que fueron artistas musicales, siempre me miran con cara de extrañados, por eso todo el mundo se extraña cuando ven que dedique mi libro a una pianista anónima, no entienden que ella era el tema central de mi libro, que allí sentado me enamore de la música.
Una vez me enamore de unas manos que arrancaban notas musicales, a la fría voz del silencio que habitaba en mi corazón. Una vez amé a una chica a la que nunca vi el rostro.
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